LECCIÓN DE CRISTO 21.6.2015
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San Marcos 4, 35-41. Le dice
Jesús a sus discípulos: ¿Por qué sois tan miedosos? ¿Por qué no tenéis fe? La
fe, ante la cual somos muchas veces indiferentes, es el medio indispensable
para seguir a Jesús, a lo largo y ancho de nuestra vida. Recordemos que somos
templos vivos del Espíritu Santo, por eso nuestra conexión con la vida sin fe nos
hace imposible llegar a Él.
La vida
nace en Dios, en los seres humanos, y en general, en el mundo que habitamos. La
vida la estamos viendo por todos lados en la naturaleza. Y la que tenemos en
nuestro interior es nuestra conexión con Dios a la que llegamos a través de la
fe. No hay otra forma.
Un
sacerdote eudista decía que las personas se arrodillan en el confesionario, se
confiesan, se paran, salen de la iglesia y siguen en lo mismo. Esta es otra
manera de entender lo que dice Jesús en Marcos, 4, 35-41. Esto debido a que la
fe nace en la conciencia de uno para erradicar nuestros males, por nuestra propia
voluntad. ¡Claro que Dios nos ayuda! Siempre y cuando a través de la fe se lo
pidamos, y Él pueda actuar a través de nuestros sentimientos que nos mueven en
la vida, para hacer el bien a sí mismo y a los demás.
Recordemos
en el Génesis. 3, 1-24, para entender que Dios nos dio el libre albedrío, y
somos nosotros lo que libremente llegamos a la fe, para que Dios obre en uno, y
podamos salir del confesionario a cumplir la voluntad de Dios, y no como el
ejemplo del hombre que se levanta y sale de la iglesia, a cometer los mismos pecados, por falta de una
verdadera fe, fundada en el Espíritu Santo, que nos lleva de las manos
solamente cuando se lo pedimos con fe, a hacer el bien a sí mismo y a los demás.
En
Marcos 4, 40-41, Jesús les dice a sus discípulos: “¿Por qué sois tan miedosos?
¿Por qué no tenéis fe?”. Ellos quedaron sumamente atemorizados, y se decían
unos a otros: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”. Para
los que tienen fe, Jesús puede hacer el milagro de sorprendernos con la fuerza
que tiene de hacer cumplir la voluntad de Dios, porque la fe se traduce entonces
en amor puro y corazón de oro. Es que todo lo que es Dios, en definitiva, es
eso: amor.
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