LECCIÓN DE CRISTO 31.01.2016
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San Lucas 4,21-30. Lucas repite lo que
ha escrito el pasado domingo 24 de enero
del 2016, cuando decía: El Espíritu del Señor está sobre mi, porque el Señor me
ungió. Él me envió a llevar una buena noticia a los pobres, a anunciar la
liberación de los cautivos y dar vista a los ciegos, a dar la libertad a los
oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor”.
Pero Jesús también nos hace saber: “Yo
les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su patria”. Y Jeremías en el
Antiguo Testamento anuncia lo que sufren los profetas: “Antes de formarte en el
vientre materno, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te
consagré: te nombré profeta de las naciones… Mira; yo te convierto hoy en
ciudad fortificada, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo
el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la
gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy
contigo para librarte”.
Los seres humanos debemos saber que
somos tercos, nos vamos por lo material, o bien, nos ponemos a utilizar juicios
que salen de nuestro ego cuando está crecido. Y no sabemos practicar la
humildad, que es la norma del ser inteligente, que conoce sus limitaciones de
tiempo y espacio, y ha tenido que lidiar con su ego para centrarlo en el amor
puro y corazón divino que emana de estar con Jesús y María. Para darle a
nuestra vida esa felicidad que se siente, cuando uno sabe que está sometido a
la voluntad de Dios, la única que nos lleva a la verdad, y a la completa
felicidad en este vida pasajera, cuando está fundada en las palabras
evangélicas de Jesús, nacidas de la voluntad de Dios. ¡No tenemos otra alternativa!. ¡Por Dios!