LECCIÓN DE CRISTO 17.01.2016
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San Juan 2, 1-11. Las bodas de Caná es
el título con el que se suele identificar un relato que tiene lugar al final de
la primera semana del ministerio de Jesucristo en el Evangelio de Juan 2:1-11.
Este pasaje describe el primer signo de su apostolado realizado por Jesús, el
cual tuvo por marco una boda en Caná de Galilea, a la que también asistían su
madre y sus discípulos. En un momento dado faltó vino, por lo que María dijo a
los sirvientes que hicieran lo que Jesús dijera.
Éste dispuso que se llenaran de agua
seis tinajas de piedra destinadas a purificaciones, pero al revisar el
contenido, el agua se había transformado en un vino de gran calidad. Para Juan el evangelista, esa fue la
primera de las señales realizadas por Jesús.
San Josemaría Escrivá trae el siguiente
comentario al respeto. (Josemaría
nace en España el 9 de enero de 1902 y fallece en Roma, el 26 de junio de 1975.
Pertenecía al Opus Dei). Él dice: “Los relatos cristianos más
antiguos que presentan Caná de Galilea como meta de peregrinación, la sitúan
cerca de Nazaret. No lejos de allí divisaremos Caná, donde fue convertida el
agua en vino”.
Jesús
tiene que realizar este milagro porque sabe que para nosotros la fe no nace
fácilmente. Me refiero a esa fe que lo transforma a uno, cambia su manera de
pensar y de hacer. La idea de Jesús es llevarnos de la mano a ver cómo es que
nuestra parte interior es definitiva en el milagro de Caná. No es con el vino
que nos transformamos, es a través de ese milagro exterior hecho en el milagro,
lo que nos lleva a pensar en Jesús, su artífice.
Y lo más hermoso del hecho es que se produce el milagro por
insinuación de María. Ella conoce a su hijo, y sabe a que vino. Y ha sido y
será siempre nuestra ayuda para llegar a Él. Por eso, amar a María como nuestra
madre nos asegura hacer que nuestro interior sea manejado por los principios
del evangelio de Jesús, su hijo, a quién conoce mejor que nadie.
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