LECCIÓN DE CRISTO 1.2.2015
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Marcos 1.21-28. Enseñar no
es fácil, y tanto en tiempos de Jesús, como ahora. Entrar en la parte subjetiva
de las personas se logra con un milagro. Todo porque nadie acepta que una
persona entre al interior de uno. El ego que tenemos cree que se trata de una
intromisión indebida. Pero el ejemplo está dado a partir del endemoniado que está
en la sinagoga con Jesús. Él habla con la autoridad que tiene, y se piensa que
es un entrometido, que nada tiene que ver con uno. Y es todo lo contrario.
Esto pasa cuando la persona es capaz de
abrirse a su PALABRA. Y naturalmente, lo hacen las personas en un acto de
humildad, que no es tan común. Y tiene que ser así, porque estamos ante el
Padre, el que nos hizo. El que sabe como llegar a nuestro interior, cuando
tenemos entendido que somos templos del Espíritu Santo, donde está nuestra
alma, aquella que el creador hizo, y por lo común somos ignorantes al respecto.
El endemoniado le sirvió a Jesús para
que desde entonces se entendiera su misión en la Tierra. Él tenía que entrar en
el corazón del hombre para enseñarlo a amar, y comprendiera cual es la voluntad
del Señor, aquel que sabe muy bien para donde vamos, y quiere ayudarnos a ser
felices con su PALABRA, entenderla y ponerla en práctica.
No es fácil para la mayoría de los
mortales, pero si uno quiere, con un solo gesto que uno haga, Él está ahí.
Porque Él no está en el cielo, sino en la Tierra, en forma permanente como
autor de todo lo que nos rodea. Y su propósito siempre ha sido darse como lo
hizo Jesús, que es el ejemplo que Él mandó para enseñarnos. Y todo fundado en
el amor. Ese amor de Él que está en uno, cuando nos abrimos a entenderlo tal
cual.
Entonces es fácil amarlo, con la
sencillez del ser humano que entiende que habitamos en el planeta tierra, con
una vida pasajera que es un don de Dios, y que habita en todos los seres
humanos. Todos estamos amados por Él, con amor puro y corazón divino. Su deseo
es que todos volvamos a Él, no importa que lo hallamos ofendido innumerables
veces, porque Él solo pide la contrición de corazón y el deseo de amarlo
siempre, con constancia y arrepentimiento por nuestras faltas. Esta es la forma
como Jesús enseña con autoridad. ¡Hagámosle caso! Veremos cómo nos conviene
para ser de verdad felices, siempre y a toda hora.
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