LECCIÓN DE
CRISTO 6.7.2014
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“Porque mi yugo es suave y mi carga
ligera”, nos dice Jesús en Mateo 11,25-30. A eso se refiere a los sencillos que
lo siguen con humildad, aquellos que reconocen en todo ser humano, a un hijo de
Dios. Cuando todos somos únicos, y merecemos el respeto y el cariño de todos.
Nadie es más grande que otro. Cada alma es única e irrepetible. Jesús dice que
estas cosas Dios se las ha ocultado a los sabios e inteligentes, pero se las ha
revelado a los pequeños, y eso lo vemos en un niño, o en un campesino. El primero
jugando con sus juguetes, y el otro con su azada y su regadera cuidando una
matica con flores. Ambos aman la vida sencilla. Ambos están alegres. En sus
mentes está Dios con su amor por los pequeños y sencillos.
Por eso debemos decirle a Jesús, como
Él mismo nos dice: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mi, que soy
manso y humilde de corazón”. ¿Por qué no podemos hacerlo? ¡Claro que lo
sabemos! El cosmos nos atrae, nos embelesa, nos toma de la nariz, y dejamos a
Jesús en el cuarto de San Alejo.
¿Por qué será? El diario vivir, sobre
todo en familia, cuando tenemos obligaciones materiales en este mundo que nos
inunda de preocupaciones. No tenemos un momento para volver sobre nosotros
mismos, somos como el niño o como el campesino que mencionamos, que van alegres
haciendo su vida sencilla, lejos de las complicaciones del mundo.
Paremos un momento. Miremos para
adentro, la vida pasajera, en su parte material que siempre termina en ceniza.
Miremos a Jesús un minuto. Estoy seguro que Él nos da la vuelta, y nos vuelve humildes.
Y nos hace ver que en el cosmos no hay nada importante, como el amor puro y el
corazón de oro, con que nos mira Papá Lindo. Él nos lleva de la mano y nos
sienta en su regazo, y comienza esa conversa que nos traslada a mirar a todos
con cariño y con respeto. Comenzamos a reír de nuestras preocupaciones. Nos
olvidamos de la plata. Y nos dormimos pensando que ya estamos en el cielo, sin
otro ensueño que la alegría de ver a María nuestra madre, consintiéndonos con
sus ojos maravillosos… haciéndonos trascender y coronarnos, con lo que siempre nos preocupó: la escatología,
que en vida es muy difícil volverla presente, realidad. Cuando hace un momento
estábamos muy lejos de creer que pasamos de la ilusión a la realidad de vernos
junto a Jesús y María, sonriendo con Papá Lindo, que hizo el milagro de
trascender de lo material al cielo. ¡Así de simple!
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