LECCIÓN DE CRISTO 20-7-2014 –
MT.
13,24-43. “Abriré mi boca para decir parábolas, y publicaré lo que estaba
oculto desde la creación del mundo", lo dice un profeta del At, para
anunciar desde entonces, lo que hizo Jesús, cuando estuvo con nosotros. Mateo
termina esta capítulo 13 diciendo: “Entonces los justos resplandecerán como el
sol en el reino de su Padre. ¡El que tenga oídos que oiga!”.
La
cizaña la siembran los hombres que no entienden el fondo de la vida humana, que
Jesús la plantea con amor puro y corazón de oro. Estos hombres salen al campo y
no ven la vida que se esconde en todas las cosas de la madre naturaleza. Una
ave, un árbol, un insecto, una flor, en fin. ¡Una vida! Y la vida no la hacen
los ricos, ni los pobres. Solo la conocen las almas que aman al Señor, tal cual
es. Empezando porque entran a su interior a hablar con el Creador de la vida. Y
conocen su voluntad. Esa voluntad que no tiene las restricciones de los
humanos, y que se fundamenta en el amor puro y el corazón de oro. Si uno ve la
vida de Jesús, a su paso por el mundo, comprende la dificultad de que lo
entiendan. La parábola tiene ese mérito, que lo lleva a uno al discernimiento
espiritual. Quienes se han detenido a pensar en las parábolas de Jesús, saben
que el ser humano es poco curioso de encontrar la semilla de la mostaza, de ver
cómo es de pequeña, como los niños, y cómo se desarrolla hasta alcanzar la
comprensión de lo que nos dicen las parábolas.
Estas
van dirigidas a la parte interior del alma. Un ser humano tiene un yo externo
que se ve, (el cuerpo); un yo interno que no se ve, donde están los
pensamientos y los sentimientos; y finalmente un interior profundo donde está
la vida. Y allí encuentran a Dios, su creador. Encuentran su voluntad, la razón
de crearla. Y las explicaciones que Jesús da en sus parábolas, para invitarnos
a meditar en ellas. Entonces, “…los justos resplandecerán como el sol en el
reino de su Padre.”
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