LECCIÓN DE CRISTO 27-7-2014
Mt. 13, 44-52. La otra vida la encontramos en un tesoro
escondido, sí señor. Ocurre que no lo vemos, porque no está en forma material,
sino que se presenta como espíritu. Y tenemos que buscarlo dentro de nosotros
mismos. Allí se aloja, no con el ánimo de molestar, sino por la necesidad de
entender que las parábolas de Jesús, se caracterizan por hacernos pensar en
nuestro interior. La verdad del llamado cielo no tuvo mucha acogida cuando
descubrimos que el mismo Jesús nos dijo que el Reino de los cielos había
llegado a posesionarse en el interior de todos los seres humanos. No es allá
arriba que está el cielo, como decíamos antes. Ahora está dentro de cada ser
humano, ese tesoro escondido que aparece en uno después de la Eucaristía. Y es
Jesús el que viene a uno. No es que el ser humano se dé, como se entrega Jesús.
Él se posesiona con un cariño que debemos apreciar, como un regalo que
recibimos, luego de su muerte en la Cruz. Por eso la Cruz es el triunfo del
amor sobre el pecado, y la demostración del amor de Dios por el hombre. El
mérito entonces no es de uno, es de Jesús que se da, que se entrega, que no
piensa en Él, sino en nosotros. Allá en nuestro interior lo encontramos, hasta
sorprendidos de que lo haga. Por eso en Mateo encontramos la parábola de Jesús,
para explicarnos como es el reino de su Padre: “El reino de Dios es semejante a
un tesoro escondido…” Y Jesús termina su parábola diciendo: “Por eso, el
maestro de la ley que se ha hecho discípulo de reino de Dios, es como el amo de
la casa que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas”. La casa de uno es el
interior. Allá llegamos con la oración, y con la meditación, para preguntarle a
Dios si estamos cumpliendo su voluntad. Y lo hacemos frente al conocimiento que
tenemos de nuestros defectos, de nuestras debilidades. A eso se refiere,
simbolizando nuestro ser, cuando sacamos de él, las cosas nuevas y viejas, que
nos impiden seguir la voluntad de Jesús.
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