domingo, 27 de diciembre de 2015

EL NIÑO JESÚS CON SUS PADRES EN JERUSALÉN



LECCIÓN DE CRISTO 27.12.2015
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        San Lucas 2, 41-52. Dice Lucas de Jesús y sus padres: “Jesús fue con ellos a Nazaret, y les estaba sumiso. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres”.
         El Papa Francisco nos habla de María en su homilía del 2 de Octubre del 2011, así: “Ahí está la madre y está con el hijo. Ella lo conoció desde que lo llevó en el vientre, lo sintió desde ese momento y también creyó en él desde el anuncio del ángel. Esperaba esa vida como la espera todo el pueblo creyente. Por eso cuidó ese tesoro también en su corazón.”
         Y continúa el Papa: “Y a la vida, nos enseña María, se le cuida siempre. Pero se la cuida con la ternura con que la cuidó ella, desde el momento en que se le espera hasta el último aliento del camino. ¡Cuidar la vida entraña sembrar esperanza! ¡Un pueblo que cuida la vida es un sembrador de esperanza!”
         Y Jesús ya tiene en su alma su misión, que es la parte más importante de su vida. Dice Lucas en su evangelio: “A los tres días lo encontraron en el templo sentado en medio de los doctores”, hablándoles con su corazón de Dios encarnado, y a sus padres les dijo luego del regaño de María: “¿No sabías que yo debo ocuparme en los asuntos de mi Padre?” Esto nos dice que la vida profética de Jesús se inició con la Anunciación del Arcángel San Gabriel. Lo que sentimos entonces, es la vida de Dios encarnada en Jesús. Queda uno pensando cómo puede un ser humano iniciar su misión apostólica desde el vientre de su madre.
         Y Jesús al terminar su vida terrenal nos deja la Eucaristía, para que conozcamos la gloria del cielo. El Papa Francisco nos dice: “La Eucaristía es el centro vital del universo, capaz de saciar el hambre de vida y felicidad”. Y Jesús en Juan (6, 57) nos dice: “El que me coma vivirá por mi”. “En este banquete feliz participamos de la vida eterna y, así, nuestra existencia cotidiana se convierte en una misa prolongada, como lo decía San Alberto Hurtado.


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