LECCIÓN DE CRISTO 21.9.2014
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Mateo 19,30
y 20, 1-16. Jesús
nos trae un ejemplo magnífico para explicar como funcionamos los humanos. No
podemos entender que los obreros que trabajaron apenas unas horas reciban el
mismo denario, como lo hicieron los que trabajaron todo el día. Pensamos que el
patrón que hizo tal cosa es injusto.
Creo
que la mejor manera de entender a Jesús, es pensar en el amor de su Padre. Él
está siempre presente, para recibirnos en el momento que deseemos hacerlo. No
importa si lo hacemos al comienzo o al final. Lo básico es realizar el amor de
Dios, porque Él no quiere perdernos. Nos da el chance hasta lo último. Él es,
amor puro y corazón de oro.
Un
moribundo que se arrepienta de sus pecados en el último minuto de su vida, el
Padre lo recibe con los brazos abiertos, como a todos los que lo aman. Dios es
amor puro y corazón de oro, repetimos.
La
vida es difícil, Él conoce nuestras debilidades, de manera que cuando dice: “Así
pues, los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos”, nos está
haciendo caer en cuenta que todos los seres humanos tiene la puerta del cielo
abierta hasta el último momento de su vida. Porque su amor es básicamente
generoso, y su corazón es infinitamente fiel, como lo vimos en la Pasión de
Jesús, a través de un corazón que no desfallece, así sean los terribles
sufrimientos de la Cruz.
Por
eso Él nos espera siempre con los brazos abiertos. Jesús también nos lo
recuerda con el ejemplo de la parábola del Hijo Pródigo. La parábola
fundamentalmente recalca la misericordia de Dios hacia los pecadores
arrepentidos y su alegría ante la conversión de los descarriados; esto ha
llevado a muchos teólogos y expertos bíblicos a pensar que el nombre de la
parábola debería ser “el padre misericordioso”, en lugar de “el hijo pródigo”.
En
Mateo 20,1-16, el dueño de la viña le recuerda a los obreros que el contrato se
acordó por un denario, y ellos protestan, porque los últimos han recibido lo
mismo que los primeros. En el Hijo Pródigo, en cambio, el que protesta a su
padre es su hermano, y le recrimina a su padre diciéndole: “Hace ya tantos años
que te sirvo sin desobedecer jamás tu órdenes…”, y nunca ha recibido de él, lo
que le ha dado a su hermano, el Hijo Pródigo, ahora que vuelve a su casa, a
donde llegó como un pobre miserable, y el Padre lo recibe con gran fiesta,
celebrando su regreso.
Eso
nos hace ver lo que nuestro Padre Dios hace con nosotros, donde lo más
importante para Él, es que regresemos a su lado, y corrijamos nuestra vida, tal
cual lo hizo el Hijo Pródigo. Allí
no interesa el momento en que lo hagamos, y es por ello que debemos aceptar
cuando veamos que nuestro Padre Dios lo hizo hace poco, con nuestro prójimo que
vive en el apartamento de al lado, y que no nos dejaba dormir por el ruido que
hacía, luego de que la adicción al trago le produjo la muerte. Estuve en el
momento de su muerte, junto al sacerdote que lo confesó, y luego de morir le
cerró los ojos. Y se fue a Dios… En conclusión: lo que vale es el interior del
hombre. Ahí está el tesoro. Eso es lo que cuenta. Quedan atrás las horas
trabajadas, el hombre rico, la adicción al trago, la historia del amor al
dinero, y en fin todo lo material de la historia, y se cambia por lo espiritual,
aquello que nos abre la puerta del cielo donde habita Dios, para todos los
seres humanos que quieran abrir esa puerta, donde siempre a la espera está ÉL.
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