19/10/2013
Vivimos ayer un día
maravilloso, diferente a todos los demás. Estábamos alegres y sonrientes como
nunca. ¡Todos amigos! ¿será que lograremos algún día ser así cada día de
nuestra pasajera vida. Me parecía increíble que no tenía en mi interior ninguna
de esas preocupaciones que a veces nos hunden en el barro. Se me borraron todos
los noticieros y los periódicos. Apareció, me parece, que Mamá María había
logrado el milagro que ella quiere hacer como lo hizo en Fátima con los tres
pastorcitos, cuando sin violencia convirtió a Rusia. Ella estaría entonces por
entregarle a Papá Lindo, lo que Él más quiere, y que lo refleja en la Cruz,
símbolo del triunfo del amor sobre el pecado. Sí, es verdad, entonces yo no
miraba la Cruz con tristeza, sino con alegría. ¡Qué increíble! ¡Estamos
salvados! Nos unimos como ayer en una sola persona, para que Mamá María se la
ofrezca al Crucificado, resucitado y triunfante, porque al fin logramos que
cada ser tuviera en el alma la dicha de ser de cómo Dios, en la sencillez de un
acto que todos hubieran tomado como materialista, y no santo, como lo fue. Es
esta la única manera de entender la reunión en Valmaría, llena de todo tipo de
personas, adultas y niños, unidos en el deseo de ayudar al seminario con su
apoyo presente. En una forma que consolide para siempre la influencia de
Valmaría en el alma de esas personas que siempre rodean al seminario. Son los
milagros que vemos y asistimos sin pensar muchas veces quién está detrás de
todo. Es Jesús y María, en el silencio de lo que no se ve, pero se siente.
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