LECCIÓN DE CRISTO 4.10.2015
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San Marcos 10, 2-16. En lo personal
tuve 7 hermanos hombres, nacidos a principios del siglo pasado, y entre todos
hicimos 14 matrimonios. Tres hicimos uno solo, y los otros cuatro, once. ¿Qué
tal? Antes de este drama, unos años antes era prohibido casarse por lo civil.
En 1930, por ejemplo, estaba castigado este hecho con la excomunión, lo
recuerdo cuando estaba niño, pues tengo en la actualidad 86 años. Nací en 1929,
y no conocí entonces divorciados. Fue luego, ya adulto que la cosa cambió.
La experiencia del divorcio no es
positiva. Es más negativa, y produce muchas relaciones distantes, lejanas a lo
que debe ser una familia. Jesús dice al respecto del matrimonio lo siguiente
hablando del principio de la creación con Adán y Eva: “…Dios los hizo macho y
hembra. Por eso el hombre dejará a su
padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De
manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por lo tanto lo que Dios ha
unido, que no lo separe el hombre.”
Y Jesús es muy serio y enérgico al
respecto: “El que se separe de su mujer y se case con otra, comete adulterio
contra la primera; y si la mujer se separa de su marido y se casa con otro
comete adulterio.”
Adulterio, en el diccionario, es una
relación sexual de una persona casada con otra distinta de su cónyuge. Y todo
esto ocurre porque el matrimonio en si mismo, como lo plantea Jesús, es un hecho
para vivirlo al lado de los hijos, formarlos y darles los valores que requiere
vivir la vida.
La vida no es fácil para nadie. Tiene
que estar fundada en valores. Y entonces nos preguntamos: ¿Qué está pasando hoy
con los hijos de los divorciados? Es difícil pensarlo, pero es necesario darnos
cuenta de esto, para colaborar en lo que podamos con esos seres que no pidieron venir al mundo, y que no tienen
su familia original, la que se formó en la matriz de la familia, tal como lo
dice Jesús: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por lo tanto lo
que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.”
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