LECCIÓN DE CRISTO 13.9.2015
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San Marcos 8, 27 - 35. En esta lid de
ser cristiano, Jesús va directo y a la mandíbula, como se dice en el argot del
boxeo. Y en la lectura evangélica Isaías no se queda atrás: “...ofrecí la
espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que me mesaban mi barba; no
me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no
sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no
quedaría defraudado.”
El salmo responsorial reza: “Caminaré
en presencia del Señor en el país de la vida.” Y termina diciendo en una de sus
respuestas: “Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies
de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.” Si es duro
negarse a sí mismo, pero la respuesta lo lleva a uno al país de la vida.
Es curioso para la historia que he
vivido, acordarme de los ojos de mi mamá, cuando me decía con ellos: “¡Niégate
a ti mismo!”, sin decir una sola palabra. Parece que el ser humano cuando está
en la tierra, envuelto en materia, no tiene otro camino que seguir las palabras
de Jesús, o en mi caso, los ojos severos de mi madre formada con una rigidez
que no tenía modo de evadirse, allá en La Candelaria de Bogotá, de principios
del siglo XX, cuando casarse por lo civil, producía la excomunión de las parejas
y la de la familia que los aprobara y las recibiera en familia.
El país de la vida ha cambiado desde entonces, pero no podemos
olvidarnos de las palabras de Jesús, si queremos, lo repito, estar y vivir en
el país de la vida. Esa vida pasajera
que se va y no vuelve, que dice adiós, sin saber cuando, y que desde allí sale
para la gloria el Espíritu Santo, el dador de la vida, con nuestra historia y
su maleta de viaje. ¿Qué tendremos en esa maleta? ¡Solo Dios los sabe! Él la
abrirá y nos mostrará lo que hay dentro, hecho por cada uno de nosotros. Es
decir: ¡mi vida! Ahí está. Ni modo de volvernos atrás, ni cambiar nada. Están
los errores a nuestra vista, ya sin nada que poder hacer por corregirlos,
buscando claro está, nuestra salvación. Sin embargo, Isaías nos da una
oportunidad, él dice: “Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?
Y en la carta del apóstol Santiago
encontramos algo que tenemos que llevar en la maleta. Él dice: “¿De que le
sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?” Y claro, se
refiere a lo que hayamos hecho por nuestros hermanos. Todos los seres humanos
son hijos de Dios, entonces debemos estar al servicio de ellos, porque en esa
forma deben ser nuestras obras. Sí, estamos al servicios de los demás, como lo
hizo Jesús en su apostolado, y claro, en la Cruz, cuando su obra fue morir por
nosotros. Amén.
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