martes, 23 de diciembre de 2014

ANUNCIO DEL NACIMIENTO DE CRISTO

LECCIÓN DE CRISTO 21.12.2014
        

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         Lc 1.26.38. María dijo: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Con estas palabras tenemos el punto culminante de nuestra fe en Dios. Si miramos las debilidades del ser humano recorriendo la historia, comprendemos que Dios necesitaba darle a sus creaciones  humanas, es decir, la vida creada por Él en cada cuerpo, la necesidad de empoderarlo con Cristo y con María, para llegar a conocer ese amor puro y corazón de oro que es Dios, en todas sus manifestaciones humanas.
         Es Dios el dueño de la vida, el creador de ella, que puso a disposición nuestra para cuidar la vida, a María, de donde nació Cristo. San Alfonso María de Ligorio lo muestra muy bien:
         Habiendo sido exaltada la Virgen María como Madre del Rey de reyes, con toda razón la santa Iglesia la honra y quiere que sea honrada por todos por el título glorioso de reina. Si el Hijo es Rey, dice san Atanasio, con toda razón la Madre debe tenerse por Reina y llamarse Reina y Señora. Desde que María, añade San Bernardino de Siena, dio su consentimiento aceptando ser Madre del Verbo eterno, desde ese instante mereció ser la reina del mundo y de todas las criaturas. Si la carne de María, reflexiona san Arnoldo abad, no fue distinta de la de Jesús, ¿cómo puede estar la madre separada del reinado de su hijo? Por lo que debe pensarse que la gloria del reinado no sólo es común entre la Madre y el Hijo, sino que es la misma.
         Entonces el hecho del nacimiento de Jesús, nos  pone a pensar en ella, como reina de misericordia, pues tenemos una fuerza que supera nuestras debilidades, y pone a nuestro enemigos espirituales, fuera de nuestra vida. Así de sencillo.
         Que María entonces dirija nuestro pasos, y a través de ella cumplamos la voluntad de Dios, que es la perfecta para hacer de nuestra vida la completa felicidad y los logros que esa misma voluntad encuentra para amar a nuestro prójimos, con las coronillas que María nos propone con la caridad y la humildad, para estar al servicio de los demás y saber que todos somos iguales, porque todos somos hijos de Dios, creaturas hechas por Él dentro del amor, sentimiento que usó para crear nuestra vida.
         Por eso termina Alfonso María de Ligorio con estos versos:

María, dulce refugio de los pecadores,
cuando mi alma esté para dejar este mundo
Madre mía, por el dolor que sentiste
asistiendo a vuestro hijo que moría en la cruz,
asísteme con tu misericordia.
Arroja lejos de mi a los enemigos infernales
y ven a recibir mi alma
y presentarla al Juez eterno.


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