LECCIÓN DE
CRISTO 21.12.2014
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Lc 1.26.38. María dijo: “Aquí está la
esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, y el Verbo se hizo carne y
habitó entre nosotros. Con estas palabras tenemos el punto culminante de
nuestra fe en Dios. Si miramos las debilidades del ser humano recorriendo la
historia, comprendemos que Dios necesitaba darle a sus creaciones humanas, es decir, la vida creada por Él en
cada cuerpo, la necesidad de empoderarlo con Cristo y con María, para llegar a
conocer ese amor puro y corazón de oro que es Dios, en todas sus
manifestaciones humanas.
Es Dios el dueño de la vida, el creador
de ella, que puso a disposición nuestra para cuidar la vida, a María, de donde
nació Cristo. San Alfonso María de Ligorio lo muestra muy bien:
Habiendo
sido exaltada la Virgen María como Madre del Rey de reyes, con toda razón la
santa Iglesia la honra y quiere que sea honrada por todos por el título
glorioso de reina. Si el Hijo es Rey, dice san Atanasio, con toda razón la
Madre debe tenerse por Reina y llamarse Reina y Señora. Desde que María, añade
San Bernardino de Siena, dio su consentimiento aceptando ser Madre del Verbo
eterno, desde ese instante mereció ser la reina del mundo y de todas las
criaturas. Si la carne de María, reflexiona san Arnoldo abad, no fue distinta
de la de Jesús, ¿cómo puede estar la madre separada del reinado de su hijo? Por
lo que debe pensarse que la gloria del reinado no sólo es común entre la Madre
y el Hijo, sino que es la misma.
Entonces el hecho del nacimiento de
Jesús, nos pone a pensar en ella, como
reina de misericordia, pues tenemos una fuerza que supera nuestras debilidades,
y pone a nuestro enemigos espirituales, fuera de nuestra vida. Así de sencillo.
Que María entonces dirija nuestro
pasos, y a través de ella cumplamos la voluntad de Dios, que es la perfecta
para hacer de nuestra vida la completa felicidad y los logros que esa misma
voluntad encuentra para amar a nuestro prójimos, con las coronillas que María
nos propone con la caridad y la humildad, para estar al servicio de los demás y
saber que todos somos iguales, porque todos somos hijos de Dios, creaturas hechas
por Él dentro del amor, sentimiento que usó para crear nuestra vida.
Por eso termina Alfonso María de
Ligorio con estos versos:
María, dulce refugio de
los pecadores,
cuando mi alma esté para
dejar este mundo
Madre mía, por el dolor
que sentiste
asistiendo a vuestro hijo
que moría en la cruz,
asísteme con tu
misericordia.
Arroja lejos de mi a los
enemigos infernales
y ven a recibir mi alma
y presentarla al Juez
eterno.
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