LECCIÓN DE
CRISTO 26.10.2014
Mt.
22, 34-40. Jesús nos da una lección que resume toda la ley y los
profetas. Y que, desde luego, debería ser reflexionaba con todo rigor en
cualquier negociación de paz. Porque la paz nace ahí, en el amor a Dios y al
prójimo como a mi mismo. Es de una sencillez que no deja lugar a dudas. Es el
mandamiento principal de la ley, porque si examinamos el progreso de la
humanidad cuando pasó de la monarquía a la democracia, luego de la Revolución
Francesa, encontramos precisamente allí
la razón del progreso de los Estados que se ciñen a vivir en el amor civilizado,
sin depender de la voluntad de un solo hombre: el rey.
La ley, entonces es impuesta por el
pueblo en las elecciones, y es por eso que una norma nace en la democracia, por
voluntad del pueblo. Quedan excluidos los países, cuyos gobiernos actúan como
dictaduras, sencillamente porque no siguen estos requisitos que constituye la
ley humana: constituida por un supuesto de hecho, un deber ser y una
consecuencia. No está el Estado entonces sometido a la voluntad de un solo
hombre, sino del pueblo en general.
Expliquémoslo con un caso concreto. El supuesto de hecho, es un ser humano que
ha puesto una mina quiebra patas. El
deber ser le dice que eso no se hace, porque es un atentado contra la vida
de su prójimo, que protege la vida nacida por voluntad del pueblo. Y la consecuencia, finalmente, es que el
que lo hizo debe ir a la cárcel, porque no está solo capacitado para vivir en
sociedad, sino que está atentando contra esa voluntad del pueblo que es sagrada.
Pueblo que en las urnas constituyó su propio Estado de derecho.
¿Qué significa vivir en sociedad? Amar
a Dios, porque somos ciudadanos que seguimos el amor a Dios, como el fundamento
de nuestra vida social frente al otro, que nos permite pasar de moscos, a almas
creadas para trascender del amor a la otra vida. Por eso vivir en sociedad
exige el amor al prójimo como requisito de hacer amable toda relación humana.
Es decir en paz. No hay otra alternativa
que tenga el orden público, generado por la ley surgida por voluntad del pueblo.
Todo ser humano es un ser diferente. No
ha nacido ninguno igual. Ni siquiera si nacemos gemelos. Todo ser tiene una
vida diferente que solamente puede vivir en el amor al otro, con respeto a la
condición social que permite la convivencia de un pueblo. Por eso Jesús nos
dice: No juzguéis al otro y no seréis juzgados. Y debemos amarlos como a si
mismo, y estar, como nos enseñó Jesús, al servicio del otro. Por eso el egoísmo
es el peor elemento, que hace que la ley deje de existir, cuando pone la mina
quiebra patas. Y claro, para mantener viva la ley, en cualquier parte del
mundo, incluyendo en la Habana, el mandamiento más importante es, lo repetimos,
amar a Dios y al prójimo como a si mismo. Sin este requisito, se acaba la ley
como norma, como supuesto de hecho, como deber ser, y la consecuencia no solo
deja de cumplirse, se convierte en dictadura, porque está sujeta a la voluntad
de un hombre, y no de un pueblo. Además, ya no es mandamiento de Dios, sino de un solo hombre.
¿Ahora si entendemos cuál es el
mandamiento más importante? El amor que nos une por Colombia, como pueblo
formado por seres humanos regidos por la ley generada por ese pueblo, y basada
en el amor que sigue el mandato divino: el amor al otro, como a si mismo. ¡Y ya! Si somos racionales debemos llegar a la paz rápidamente. Lo exige así Jesús, y la voluntad del pueblo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario