LECCIÓN DE
CRISTO 31.8.2014
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Mt. 16,21-27. Es necesario llegar a
Jesús, oírlo y creer en lo que dice, aunque nos parezca duro hacerlo. Que una
persona le cuente a uno que se va a realizar su pasión, hasta llegar a la
crucifixión, es por demás un anuncio desgarrador. A pesar de que los discípulos
no supieran entonces a que se refería Él, con esa su forma de hablar, como
decimos popularmente: directo y a la mandíbula. Luego de que pasó, supieron a lo
que se refería lo que nos cuenta Mateo.
Pero
aún es también duro el niégate a ti mismo. Requiere sin lugar a dudas una
invitación a entrar en nuestro interior, para analizar cómo puede uno hacerlo.
Y para ello necesitamos hacer tres pasos que son necesarios para poder llegar a
conocer la voluntad de Dios tal cual.
Nos exige desarrollar la meditación,
que nos propone primero que todo la fe.
Cuando rezamos el Credo, que nos dice que Dios es el creador del cielo y la
tierra, y la misma fe nos lleva a creer en Jesucristo su único hijo, y luego en
María su Madre, por obra del Espíritu Santo.
Luego tenemos que sentarnos a solas, y
a oscuras, permanecer quietos para que la mente se aquiete. Cerrar los ojos
para llegar a ese punto, en el centro de uno, donde encontramos al Creador que
hizo la vida.
Es una operación muy sencilla, fácil y
simple. Y como todas las cosas sencillas nos cuesta trabajo hacerlo. Recuerdo
al respecto a una persona que habló de meditar durante una hora, y luego por lo
que contó llegamos a la verdad: durmió una hora.
La meditación tiene que ser un acto
consiente, que permita poder aplicar esa frase tan dura de Jesús: niégate a ti
mismo. Pero Él no la hace para molestarnos, sino para que a través de la
meditación lleguemos, con nuestra propia palabras y pensamientos a conocer
nuestro problema espiritual, que nos impide amar a Dios. Probablemente estamos
juzgando a los demás. O bien estamos hablando mal del prójimo. O bien guardamos
un resentimiento o un odio que nos destruye internamente.
Memoricemos lo que exige meditar, que
es diferente a rezar. Uno: la quietud en un sitio que escojamos para hacerlo
siempre. Dos el silencio total: la luz del cuarto apagarla, apagar la
Televisión, el celular, el teléfono, y cualquier cosa que nos distraiga. Con la
columna recta, y respirando profundamente por 10 veces, lleguemos al centro
donde está el Creador de la vida. Y no con oraciones, sino con nuestras propias
palabras, lleguemos a conocer, en
nuestra conversación con Jesús, las cosas que debemos cambiar, para negarnos a
sí mismos. Que en consecuencia es conocer la VOLUNTAD DE DIOS, que es amor puro
y corazón de oro, siempre. Dándose en la Cruz, y luego llegando por la
Eucaristía a vivir en el corazón de uno. Los repito siempre con amor puro y corazón
de oro.
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