LECCIÓN DE CRISTO
4.5.2014
Emaús. En el Nuevo Testamento, Jesús, la tarde de
su Resurrección, se apareció a sus discípulos, que iban caminando de Jerusalén
a Emaús. Uno de ellos, se llamaba Cleofás. Este episodio aparece recogido en
Lucas 24,13-35, diciendo que Cleofás viajaba y conversaba con otros discípulos,
cuando Jesús, resucitado, le preguntó de que discutían por el camino, y él
respondió sobre lo que había pasado en Jerusalén con Jesús. El cuento es que
ellos no se daban cuenta que estaban acompañados por Cristo Resucitado. Lo
maravilloso de este pasaje bíblico, es la sencillez como Jesús los lleva poco
a poco a conocer la verdad que ellos
viven, y les revela al final, el milagro de la resurrección, eso sí, ya
revestido de toda su autoridad: “¡Oh insensatos y tardos de
corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el
Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?” Nuestro Padre, como lo
llama Jesús, había resuelto a través de la vida de Jesús, entregarse a la
muerte para salvarnos. Y lo hace porque Él no tiene las dificultades que tiene los
seres humanos, debido a que a estos los atrae más el cosmos que el espíritu. El
ego de su libre arbitrio los lleva a acapararse de lo material antes que de lo
espiritual.
Él hace lo que quiera, pasando por alto
al Padre que nos hizo, a su imagen y semejanza, pero como lo vemos en los
discípulos de Jesús, de espaldas al Espíritu Santo, sin saber que la felicidad
de la vida, no está en el cosmos, sino en el interior de su ser, donde se
encuentra el alma, hecha por el creador de la vida. El que no solamente nos
hizo, sino que nos ama sobre todas las cosas. Siempre está presente, esperando
que como Cleofás, nos demos cuenta de Cristo, su misión, su amor, por nosotros,
su entrega, en fin, todo lo posible, para que el ser humano, reconozca con
quién viene caminando desde hace dos mil años, ese Cristo, el hijo del Padre y muy Señor nuestro.
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