LECCIÓN DE CRISTO 7.5.2015
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San
Juan 15, 1-17. La exposición del evangelio de Juan, (el capítulo
15 y los anteriores), hace énfasis al último discurso de Jesús. Comienza en el
capítulo 13, cuando Jesús dice: “Os doy un mandamiento nuevo que os améis los unos
a otros”. Y ahí comienza Jesús con los hechos simbólicos más grandes de la fe.
Se inicia con el lavatorio de los pies, entonces les dice a los discípulos: “La
pasión que yo voy a vivir, es la misma pasión que ustedes van a vivir”. Por eso
es necesario que yo antes de irme les enseñe. A Pedro, por ejemplo le da su
regaño, porque Pedro no había entendido que el lavatorio de los pies, era la
primera cruz de Jesús, que consistía en rebajarse, despojarse totalmente de si.
Por eso en el capítulo 13, versículo 4, se quitó su manto… Porque eso es lo
mismo que va a hacer cuando murió. Dice hablando del Buen Pastor: “Nadie me
quita la vida”, yo me la quito. Y en el versículo 4 dice: “Yo me quito el manto”.
Y ahí comienza la Pasión de Jesús. Pues ahí les manifiesta cuál es el sentido
de su sacrificio. Él se despoja de todo, ahora y luego en su Pasión, para poder
empoderarnos a nosotros, con su ejemplo y enseñanza.
Cuando Jesús dijo ha llegado mi hora,
lo hace siempre con un gesto simbólico, que lo representa a través de su camino
entre los discípulos. En el capítulo 14 les ordena vámonos de aquí. Les dice:
“No estéis angustiados. Confiad en Dios, confiad también en mí.”
Es entonces la época de la Luna llena,
van caminando a las seis de la tarde, cerca al muro de
Jerusalén, y lo que están viendo son cultivos de la vid. Agarra una ramita y
dice: “Esta rama los representa a ustedes”. La ramita somos nosotros y la vid
es Dios, de donde viene la vida. Esto para decirles que hay que estar unidos a
la vid siempre. El lenguaje antiguo era el lenguaje metafísico cuando iban a
hablar de Dios, la forma, la esencia, la significación abstracta… en fin. En
cambio el lenguaje bíblico es el lenguaje metafórico. Por eso cuando van caminando
al lado del cultivo de la vid, Jesús agarra ese ramito y les dice: Yo soy la
vid verdadera. Y cuando el discípulo escucha eso… entiende el significado,
mirando el extenso viñedo, donde la vida depende de estar unido como sarmiento
a la rama de la vid.
Sí, yo soy la vid verdadera, les dice
Jesús. Y si Dios ve que la rama no da frutos, la corta, es decir la retira del
cultivo. Ustedes ya están limpios por la palabra que les he dicho. Sigan unidos
a mí y yo a ustedes. Una rama no puede dar uvas por si misma sino está unida a
la vid. De igual manera ustedes no pueden dar frutos, si no permanecen unidos a
mi. Yo soy la vid y ustedes son las
ramas.
Si no permanecen unidos a mí, se
secarán, y luego las ramas se cortarán para limpiar el cultivo del rastrojo.
Pero si permanecen unidos darán mucho fruto. Entonces, tengámoslo claro. “Yo
soy la vid y ustedes los sarmientos”. Grábense bien esta frase.
Es decir, mi Padre es el viñador, y ustedes
los sarmientos. Sean entonces perfectos como vuestro Padre es perfecto.
Digámonos entonces: ¿Cómo está mi relación con el Padre? Jesús les dice en el
quinto domingo de Pascua: ¿Ya vieron al resucitado? Ahora miren al que lo
resucitó también. Ya deben tener ustedes mis discípulos una verdadera identidad
conmigo y con mi Padre. Yo soy el Pastor y las ovejas me conocen.
Si tu quieres entender a Jesucristo has
entendido lo que Dios ha hecho con Él. Esa es la gran tarea. Morirte para
resucitar en Dios. El ejercicio de todo cristiano es estar en constante
búsqueda para que Dios haga con él, lo que hizo con su hijo Jesucristo. Esa es
la lucha que tenemos siempre en nuestra vida.
Es que el moldearse, el pulirse, ese es
el sufrimiento que tenemos que afrontar con la mente dirigida a Dios, siguiendo
todos los pasos que realizó Jesús en su pasión, para lograr la meta final: ser
sarmiento, pero unido a la vid que representa al Padre. Donde está la vida, la
verdadera vida. Nuestro Padre está tratando de hacer contigo la obra cuando Él
te creó.
Uno tiene entonces que preguntarse: ¿Te
estás dejando moldear por Dios? Acordémonos que en el capítulo 15 Jesús repite:
“Yo soy la vid verdadera y mi Padre el viñador.” Ustedes son los que se tienen
que identificar conmigo ahora. Porque al fin y al cabo Dios y yo somos uno, les
agrega. Y todo termina en reconocer que todos tenemos que ser discípulos,
acogiendo la vida de Jesús.
Jesús se hace pueblo, se encarna en esa
vid que Dios está esperando. Pero el término verdadero se refiere al fruto que
Dios quiere. Yo soy la vid que da fruto, la vid que está en el proyecto del
Padre, dando el fruto que Dios quiere de nosotros.
Entonces para que dé más, necesitas ir
quitando lo que impide el crecimiento.
Hay que ir dando más de lo que viene dando. No nos podemos quedar en lo mismo.
Hay que crecer, dar más, mejorar más, lograr más.
Lo que Jesús está haciendo es provocar
el cambio de mentalidad. Lo bueno que tengamos entonces es la obra de Dios en
mi. Nuestra mentalidad no obra sujeta a nuestro ego, sino a la voluntad de
Dios. Dios está en mi. Es lo que quiere Jesús.
Cuando nos piden limosna, por ejemplo,
pensemos en darla, acordándonos que debemos además agregar nuestro deseo de que
esa persona piense en Dios. El bien material tiene que estar acompañado por lo
más importante, el bien de Dios que se manifiesta en la lógica de Dios. Tenemos
que preocuparnos en él, en preocuparnos en facilitarle su relación con Dios… No
facilitemos solamente su encuentro con el dinero, sino algo más importante: su
relación con Dios.
En ese capítulo 15, versículos 4 al 5,
hay un imperativo que nos indica que hay que posesionarse de Jesús. No nos
dejemos contaminar en la vida diaria por cualquier hecho que nos saque de
Jesús. Cualquiera de los eventos que nos vienen en el día al día, nos pueden
sacar de estar siempre con Jesús, cuando sabemos que si seguimos unidos a Él,
nos dice: “Seguid unidos a mí, que yo lo seguiré estando con vosotros”. Y
termina diciendo: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no
está unido a la vid, así tampoco vosotros daréis fruto si no estáis unidos a
mi”. Las consecuencias de nuestro andar entonces, se basa en la permanencia que
tengamos en Jesús. Basado en una relación profunda, basada además en la palabra
de Jesús, a lo largo de su vida, cuando nos entregó todo su corazón, y toda su
alma.
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