domingo, 10 de mayo de 2015

LA VID Y LOS SARMIENTOS

LECCIÓN DE CRISTO 7.5.2015
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         San Juan 15, 1-17. La exposición del evangelio de Juan, (el capítulo 15 y los anteriores), hace énfasis al último discurso de Jesús. Comienza en el capítulo 13, cuando Jesús dice: “Os doy un mandamiento nuevo que os améis los unos a otros”. Y ahí comienza Jesús con los hechos simbólicos más grandes de la fe. Se inicia con el lavatorio de los pies, entonces les dice a los discípulos: “La pasión que yo voy a vivir, es la misma pasión que ustedes van a vivir”. Por eso es necesario que yo antes de irme les enseñe. A Pedro, por ejemplo le da su regaño, porque Pedro no había entendido que el lavatorio de los pies, era la primera cruz de Jesús, que consistía en rebajarse, despojarse totalmente de si. Por eso en el capítulo 13, versículo 4, se quitó su manto… Porque eso es lo mismo que va a hacer cuando murió. Dice hablando del Buen Pastor: “Nadie me quita la vida”, yo me la quito. Y en el versículo 4 dice: “Yo me quito el manto”. Y ahí comienza la Pasión de Jesús. Pues ahí les manifiesta cuál es el sentido de su sacrificio. Él se despoja de todo, ahora y luego en su Pasión, para poder empoderarnos a nosotros, con su ejemplo y enseñanza.
         Cuando Jesús dijo ha llegado mi hora, lo hace siempre con un gesto simbólico, que lo representa a través de su camino entre los discípulos. En el capítulo 14 les ordena vámonos de aquí. Les dice: “No estéis angustiados. Confiad en Dios, confiad también en mí.”
         Es entonces la época de la Luna llena, van  caminando  a las seis de la tarde, cerca al muro de Jerusalén, y lo que están viendo son cultivos de la vid. Agarra una ramita y dice: “Esta rama los representa a ustedes”. La ramita somos nosotros y la vid es Dios, de donde viene la vida. Esto para decirles que hay que estar unidos a la vid siempre. El lenguaje antiguo era el lenguaje metafísico cuando iban a hablar de Dios, la forma, la esencia, la significación abstracta… en fin. En cambio el lenguaje bíblico es el lenguaje metafórico. Por eso cuando van caminando al lado del cultivo de la vid, Jesús agarra ese ramito y les dice: Yo soy la vid verdadera. Y cuando el discípulo escucha eso… entiende el significado, mirando el extenso viñedo, donde la vida depende de estar unido como sarmiento a la rama de la  vid.
         Sí, yo soy la vid verdadera, les dice Jesús. Y si Dios ve que la rama no da frutos, la corta, es decir la retira del cultivo. Ustedes ya están limpios por la palabra que les he dicho. Sigan unidos a mí y yo a ustedes. Una rama no puede dar uvas por si misma sino está unida a la vid. De igual manera ustedes no pueden dar frutos, si no permanecen unidos a mi. Yo soy la  vid y ustedes son las ramas.
         Si no permanecen unidos a mí, se secarán, y luego las ramas se cortarán para limpiar el cultivo del rastrojo. Pero si permanecen unidos darán mucho fruto. Entonces, tengámoslo claro. “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos”. Grábense bien esta frase.
         Es decir, mi Padre es el viñador, y ustedes los sarmientos. Sean entonces perfectos como vuestro Padre es perfecto. Digámonos entonces: ¿Cómo está mi relación con el Padre? Jesús les dice en el quinto domingo de Pascua: ¿Ya vieron al resucitado? Ahora miren al que lo resucitó también. Ya deben tener ustedes mis discípulos una verdadera identidad conmigo y con mi Padre. Yo soy el Pastor y las ovejas me conocen.
         Si tu quieres entender a Jesucristo has entendido lo que Dios ha hecho con Él. Esa es la gran tarea. Morirte para resucitar en Dios. El ejercicio de todo cristiano es estar en constante búsqueda para que Dios haga con él, lo que hizo con su hijo Jesucristo. Esa es la lucha que tenemos siempre en nuestra vida.
         Es que el moldearse, el pulirse, ese es el sufrimiento que tenemos que afrontar con la mente dirigida a Dios, siguiendo todos los pasos que realizó Jesús en su pasión, para lograr la meta final: ser sarmiento, pero unido a la vid que representa al Padre. Donde está la vida, la verdadera vida. Nuestro Padre está tratando de hacer contigo la obra cuando Él te creó.
         Uno tiene entonces que preguntarse: ¿Te estás dejando moldear por Dios? Acordémonos que en el capítulo 15 Jesús repite: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre el viñador.” Ustedes son los que se tienen que identificar conmigo ahora. Porque al fin y al cabo Dios y yo somos uno, les agrega. Y todo termina en reconocer que todos tenemos que ser discípulos, acogiendo la vida de Jesús.
         Jesús se hace pueblo, se encarna en esa vid que Dios está esperando. Pero el término verdadero se refiere al fruto que Dios quiere. Yo soy la vid que da fruto, la vid que está en el proyecto del Padre, dando el fruto que Dios quiere de nosotros.
          Entonces para que dé más, necesitas ir quitando lo que impide el  crecimiento. Hay que ir dando más de lo que viene dando. No nos podemos quedar en lo mismo. Hay que crecer, dar más, mejorar más, lograr más.
         Lo que Jesús está haciendo es provocar el cambio de mentalidad. Lo bueno que tengamos entonces es la obra de Dios en mi. Nuestra mentalidad no obra sujeta a nuestro ego, sino a la voluntad de Dios. Dios está en mi. Es lo que quiere Jesús.
          Cuando nos piden limosna, por ejemplo, pensemos en darla, acordándonos que debemos además agregar nuestro deseo de que esa persona piense en Dios. El bien material tiene que estar acompañado por lo más importante, el bien de Dios que se manifiesta en la lógica de Dios. Tenemos que preocuparnos en él, en preocuparnos en facilitarle su relación con Dios… No facilitemos solamente su encuentro con el dinero, sino algo más importante: su relación con Dios.
         En ese capítulo 15, versículos 4 al 5, hay un imperativo que nos indica que hay que posesionarse de Jesús. No nos dejemos contaminar en la vida diaria por cualquier hecho que nos saque de Jesús. Cualquiera de los eventos que nos vienen en el día al día, nos pueden sacar de estar siempre con Jesús, cuando sabemos que si seguimos unidos a Él, nos dice: “Seguid unidos a mí, que yo lo seguiré estando con vosotros”. Y termina diciendo: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no está unido a la vid, así tampoco vosotros daréis fruto si no estáis unidos a mi”. Las consecuencias de nuestro andar entonces, se basa en la permanencia que tengamos en Jesús. Basado en una relación profunda, basada además en la palabra de Jesús, a lo largo de su vida, cuando nos entregó todo su corazón, y toda su alma.



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