LECCIÓN
DE CRISTO 13.4.2014
El preludio (26,1-16). El relato se abre con una visión
profunda del significado de los acontecimientos que vienen: la Pasión es
anunciada e interpretada con palabras y acciones simbólicas. Mateo nos coloca
ante tres escenas que muestran fuertes contrastes: Jesús mismo predice su
Pasión que está a punto de comenzar (26,1-2). Jesús habla con firmeza, él
mismo parece dar el impulso para la Pasión; Él tiene el control de los
acontecimientos, tiene majestad y autoridad. Esto contrasta con la
desorganización y el ambiente secreto en que se mueven sus enemigos (26,3-5).
Aparece así el primer contraste violento: el Hijo del hombre irá hasta el final
en fidelidad a su Padre, mientras que los adversarios, ignorando el momento de
gracia, se convierten en instrumentos de su muerte.
Una mujer anónima prepara su cuerpo para la sepultura, a
pesar de las protestas de los discípulos por el supuesto derroche económico
(26,6-13). Mientras la mujer parece comprende el “tiempo” de la Pasión que se
aproxima, los discípulos parecen ignorantes y critican un acto demasiado
generoso. La mujer comprende, como verdadera discípula, la realidad de la Cruz:
la generosa entrega de Jesús, derramando su propia vida ¡tan valiosa! Al mismo
tiempo Judas, uno de los Doce, vende a su maestro por treinta monedas de plata
y abre el camino para que Jesús sea arrestado (26,14-16). En cuando la mujer da
generosamente, en cambio Judas “vende”, porque en su corazón hay codicia y
apego al dinero. En “tiempo oportuno”: Judas entregará al Hijo del hombre para
ganarse unas monedas, al mismo tiempo Jesús se entregará a sí mismo para dar
su vida por la salvación de muchos. Se trata de la última Pascua de Jesús con
su comunidad (26,17-35). Enseguida cuatro escenas describen lo que sucede en
torno a la última cena pascual que Jesús celebra con sus discípulos. Se destaca
el sentido que Jesús le quiere dar a su muerte y las consecuencias que esta
tiene para el discipulado. En cuando la fiesta se aproxima, Jesús, con su
autoridad majestuosa, le ordena a sus discípulos que preparen la Pascua
(26,17-19). Jesús manifiesta un firme deseo de pasar estos últimos instantes
con sus discípulos. Luego Jesús hace el anuncio de la traición: “Uno de
vosotros me entregará” (26,20-25). Las tensiones van aumentando progresivamente.
Ante la profecía de Jesús todos sienten miedo: “¿Seré yo?”. Judas enseguida
comienza a hablar con los mismos términos de los enemigos. Judas queda
delatado. Cuando comienza solemnemente la cena pascual, las palabras de Jesús
sobre el cuerpo despedazado y la sangre derramada, desvelan el profundo
significado de su muerte (26,26- 29). Los gestos que Jesús realiza sobre el pan
y el vino evocan otras escenas significativas de este mismo evangelio y están
cargadas de simbolismos bíblicos. El don de su propia vida, es lo que señala
con firmeza, y con ello los discípulos serán beneficiados: comer el pan y beber
el cáliz. Mateo coloca expresamente la finalidad: “para perdón de los pecados”,
que es el sentido de la misión de Jesús (ver 1,21). La Alianza antigua tiene su
“plenitud” en la entrega de Jesús. Así como antes de la cena, Jesús anuncia el
contraste de la reacción de los discípulos ante la Pasión con su generosa
entrega. Ahora Jesús se refiere al escándalo de la comunidad y las negaciones
de Pedro (26,30-35). Pero en medio de todo, encontramos una promesa de
reconciliación final entre Jesús y los discípulos: una palabra de esperanza en
medio de la oscuridad.
En el Getsemaní ocurre, la entrega del Hijo del hombre
(26,36-56) Las dos escenas que ocurren en las inmediaciones del Getsemaní nos
introducen a fondo en el misterio de la Pasión. La oración angustiosa de Jesús
en el Getsemaní (26,36-46) es un acontecimiento impresionante. La oración se
repite tres veces: siempre el mismo combate de la fidelidad al Padre que había
comenzado en el relato de las tentaciones. Tres discípulos lo acompañan: los
mismos que fueron testigos de su gloria en la transfiguración, lo son ahora en
el sufrimiento; comienzan a entender lo que significa “tomar la cruz” y “beber
el cáliz”. Enseguida se ve llegar a Judas y la multitud para arrestar a Jesús
(26,47-56). Las sombras de la noche se transforman en sobras de odio. Judas y
Pedro se contraponen. Judas pisotea el discipulado, Pedro parece ignorar las
enseñanzas de Jesús sobre la no violencia. Todo va sucediendo en la línea del
cumplimiento de las Escrituras. En medio del caos y después de las palabras de
Jesús, los discípulos huyen. En el momento en que Jesús pierde su libertad,
comienza su viaje, rápido y fatal, hacia la muerte.
El proceso judicial ante el Sanedrín (26,57-27,10) y el
drama de la Pasión, se desplazan a la ciudad de Jerusalén (casa de Caifás, sumo
sacerdote). Aquí el conflicto entre Jesús y sus adversarios llega a su más
amarga expresión. Pero el centro no son los opositores, sino Jesús quien
impávido proclama que es el Mesías, el Hijo de Dios y el triunfante Hijo del
hombre. Al mismo tiempo Pedro y Judas, ofrecen un contrapunto claro a la
coherencia de Jesús.
Tres escenas suceden en torno al mismo espacio y una cuarta
escena, la más oscura, sucede fuera, en el trasfondo. El interrogatorio por
parte del Sanedrín y las burlas (26,57-68). En el sanedrín se escucha la voz de
los falsos testigos (26,59). Dos testigos le dirigen acusaciones teatrales al
prisionero (26,60-61). Interviene entonces el sumo sacerdote (26,62) y le exige
a Jesús una respuesta a las acusaciones. Pero Jesús permanece en silencio,
(como el siervo sufriente de Isaías 53,7). El silencio de Jesús lleva a Caifás
a hacer la pregunta decisiva, acompañada ésta de un juramento (26,63). La
identidad de Jesús, tal como se ha revelado en el evangelio, pasa a primer
plano. Jesús responde “Tú lo has dicho”, y añade enseguida una profecía que
sorprende (26,64): sella su identidad y al mismo tiempo señala su destino. Los
castigos que le aplican enseguida el sanedrín mismo contienen una ironía.
Las negaciones de Pedro
(26,69-75). Pedro había seguido a Jesús de lejos (26,58) y esperaba ver en qué
pararían las cosas: inicialmente llega seguro de sí mismo con el grupo de los
captores y finalmente se irá lleno de remordimiento. Lo mismo que a Jesús, una
serie de “testigos” se aproximan a Pedro y lo acusan de estar “con” Jesús, pero
él lo niega enérgicamente. La tensión va aumentando a lo largo de las tres
negaciones. Las negaciones van tomando carácter público, “delante de todos”
(26,70). Pedro llega a jurar. La profecía de Jesús sobre Pedro se cumple y éste
sale a “llorar amargamente” (26,75). El vínculo que lo une con Jesús no llega a
romperse totalmente como quiso el discípulo: rápidamente reconoce su culpa y
vuelve sus pasos sobre el discipulado.
El pronunciamiento del veredicto final por parte del
Sanedrín, que decide entregar a Jesús a Pilatos (27,1-2). La atención se centra
brevemente sobre el proceso judicial: se llega a una conclusión decisiva. Pero
no se trata todavía de la sentencia. Se narra al final el destino del traidor:
Judas (27,3-10). Un momento trágico que se narra mientras Jesús es trasladado
hasta el palacio de Pilato. Pedro fue capaz de volver atrás (con su
arrepentimiento), en cambio este apóstol Judas, se va desesperado hasta las
últimas consecuencias en un vano tentativo de quitarse de encima la culpa,
(arroja las monedas). Los jefes no aceptan la devolución del dinero, y Judas
entonces escoge el camino de la muerte.
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