viernes, 11 de abril de 2014

DOMINGO DE RAMOS

LECCIÓN DE CRISTO 13.4.2014
        
         El preludio (26,1-16). El relato se abre con una visión profunda del significado de los acontecimientos que vienen: la Pasión es anunciada e interpretada con palabras y acciones simbólicas. Mateo nos coloca ante tres escenas que muestran fuertes contrastes: Jesús mismo predice su Pasión que está a punto de comenzar (26,1-2). Jesús habla con firmeza, él mismo parece dar el impulso para la Pasión; Él tiene el control de los acontecimientos, tiene majestad y autoridad. Esto contrasta con la desorganización y el ambiente secreto en que se mueven sus enemigos (26,3-5). Aparece así el primer contraste violento: el Hijo del hombre irá hasta el final en fidelidad a su Padre, mientras que los adversarios, ignorando el momento de gracia, se convierten en instrumentos de su muerte.
         Una mujer anónima prepara su cuerpo para la sepultura, a pesar de las protestas de los discípulos por el supuesto derroche económico (26,6-13). Mientras la mujer parece comprende el “tiempo” de la Pasión que se aproxima, los discípulos parecen ignorantes y critican un acto demasiado generoso. La mujer comprende, como verdadera discípula, la realidad de la Cruz: la generosa entrega de Jesús, derramando su propia vida ¡tan valiosa! Al mismo tiempo Judas, uno de los Doce, vende a su maestro por treinta monedas de plata y abre el camino para que Jesús sea arrestado (26,14-16). En cuando la mujer da generosamente, en cambio Judas “vende”, porque en su corazón hay codicia y apego al dinero. En “tiempo oportuno”: Judas entregará al Hijo del hombre para ganarse unas monedas, al mismo tiempo Jesús se entregará a sí mismo para dar su vida por la salvación de muchos. Se trata de la última Pascua de Jesús con su comunidad (26,17-35). Enseguida cuatro escenas describen lo que sucede en torno a la última cena pascual que Jesús celebra con sus discípulos. Se destaca el sentido que Jesús le quiere dar a su muerte y las consecuencias que esta tiene para el discipulado. En cuando la fiesta se aproxima, Jesús, con su autoridad majestuosa, le ordena a sus discípulos que preparen la Pascua (26,17-19). Jesús manifiesta un firme deseo de pasar estos últimos instantes con sus discípulos. Luego Jesús hace el anuncio de la traición: “Uno de vosotros me entregará” (26,20-25). Las tensiones van aumentando progresivamente. Ante la profecía de Jesús todos sienten miedo: “¿Seré yo?”. Judas enseguida comienza a hablar con los mismos términos de los enemigos. Judas queda delatado. Cuando comienza solemnemente la cena pascual, las palabras de Jesús sobre el cuerpo despedazado y la sangre derramada, desvelan el profundo significado de su muerte (26,26- 29). Los gestos que Jesús realiza sobre el pan y el vino evocan otras escenas significativas de este mismo evangelio y están cargadas de simbolismos bíblicos. El don de su propia vida, es lo que señala con firmeza, y con ello los discípulos serán beneficiados: comer el pan y beber el cáliz. Mateo coloca expresamente la finalidad: “para perdón de los pecados”, que es el sentido de la misión de Jesús (ver 1,21). La Alianza antigua tiene su “plenitud” en la entrega de Jesús. Así como antes de la cena, Jesús anuncia el contraste de la reacción de los discípulos ante la Pasión con su generosa entrega. Ahora Jesús se refiere al escándalo de la comunidad y las negaciones de Pedro (26,30-35). Pero en medio de todo, encontramos una promesa de reconciliación final entre Jesús y los discípulos: una palabra de esperanza en medio de la oscuridad.
         En el Getsemaní ocurre, la entrega del Hijo del hombre (26,36-56) Las dos escenas que ocurren en las inmediaciones del Getsemaní nos introducen a fondo en el misterio de la Pasión. La oración angustiosa de Jesús en el Getsemaní (26,36-46) es un acontecimiento impresionante. La oración se repite tres veces: siempre el mismo combate de la fidelidad al Padre que había comenzado en el relato de las tentaciones. Tres discípulos lo acompañan: los mismos que fueron testigos de su gloria en la transfiguración, lo son ahora en el sufrimiento; comienzan a entender lo que significa “tomar la cruz” y “beber el cáliz”. Enseguida se ve llegar a Judas y la multitud para arrestar a Jesús (26,47-56). Las sombras de la noche se transforman en sobras de odio. Judas y Pedro se contraponen. Judas pisotea el discipulado, Pedro parece ignorar las enseñanzas de Jesús sobre la no violencia. Todo va sucediendo en la línea del cumplimiento de las Escrituras. En medio del caos y después de las palabras de Jesús, los discípulos huyen. En el momento en que Jesús pierde su libertad, comienza su viaje, rápido y fatal, hacia la muerte.
         El proceso judicial ante el Sanedrín (26,57-27,10) y el drama de la Pasión, se desplazan a la ciudad de Jerusalén (casa de Caifás, sumo sacerdote). Aquí el conflicto entre Jesús y sus adversarios llega a su más amarga expresión. Pero el centro no son los opositores, sino Jesús quien impávido proclama que es el Mesías, el Hijo de Dios y el triunfante Hijo del hombre. Al mismo tiempo Pedro y Judas, ofrecen un contrapunto claro a la coherencia de Jesús.
         Tres escenas suceden en torno al mismo espacio y una cuarta escena, la más oscura, sucede fuera, en el trasfondo. El interrogatorio por parte del Sanedrín y las burlas (26,57-68). En el sanedrín se escucha la voz de los falsos testigos (26,59). Dos testigos le dirigen acusaciones teatrales al prisionero (26,60-61). Interviene entonces el sumo sacerdote (26,62) y le exige a Jesús una respuesta a las acusaciones. Pero Jesús permanece en silencio, (como el siervo sufriente de Isaías 53,7). El silencio de Jesús lleva a Caifás a hacer la pregunta decisiva, acompañada ésta de un juramento (26,63). La identidad de Jesús, tal como se ha revelado en el evangelio, pasa a primer plano. Jesús responde “Tú lo has dicho”, y añade enseguida una profecía que sorprende (26,64): sella su identidad y al mismo tiempo señala su destino. Los castigos que le aplican enseguida el sanedrín mismo contienen una ironía.
Las negaciones de Pedro (26,69-75). Pedro había seguido a Jesús de lejos (26,58) y esperaba ver en qué pararían las cosas: inicialmente llega seguro de sí mismo con el grupo de los captores y finalmente se irá lleno de remordimiento. Lo mismo que a Jesús, una serie de “testigos” se aproximan a Pedro y lo acusan de estar “con” Jesús, pero él lo niega enérgicamente. La tensión va aumentando a lo largo de las tres negaciones. Las negaciones van tomando carácter público, “delante de todos” (26,70). Pedro llega a jurar. La profecía de Jesús sobre Pedro se cumple y éste sale a “llorar amargamente” (26,75). El vínculo que lo une con Jesús no llega a romperse totalmente como quiso el discípulo: rápidamente reconoce su culpa y vuelve sus pasos sobre el discipulado.
         El pronunciamiento del veredicto final por parte del Sanedrín, que decide entregar a Jesús a Pilatos (27,1-2). La atención se centra brevemente sobre el proceso judicial: se llega a una conclusión decisiva. Pero no se trata todavía de la sentencia. Se narra al final el destino del traidor: Judas (27,3-10). Un momento trágico que se narra mientras Jesús es trasladado hasta el palacio de Pilato. Pedro fue capaz de volver atrás (con su arrepentimiento), en cambio este apóstol Judas, se va desesperado hasta las últimas consecuencias en un vano tentativo de quitarse de encima la culpa, (arroja las monedas). Los jefes no aceptan la devolución del dinero, y Judas entonces escoge el camino de la muerte.




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