LECCIÓN DE CRISTO 22.11.2015
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San
Juan 18, 33b-37. Jesús le dice a Pilatos: “Tú lo dices: yo soy rey. Yo para eso
nací y para eso he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”
Eso siente uno cuando entra al templo. Nuestra parte
interior siente a Jesús, y todo lo que traía uno de la calle cambia. Es otra
cosa. La ondas que uno recibe entonces, lo llevan a pensar diferente. Uno se
arrodilla, y quiere sacar de su interior todo lo que lo molesta. Esa sensación
de estar con Jesús, lo remite uno a sus palabras: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”
Y uno sale del templo y todo cambia para bien o para mal.
Cuando es para bien, uno se acuerda que con relación al templo, uno es templo
del Espíritu Santo. Tiene uno que entrar dentro de sí para sentirlo.
Bueno, en la calle es difícil sentirlo. Tendría uno que cerrar
los ojos y taparse los oídos, y eso no es posible. Es cuando llega uno a la casa,
y entra a su cuarto, con la luz apagada, que puede volver a sentir lo que
sintió en el templo con Jesús.
Lo primero que
observa Él, es recoger todos esos pensamientos que lo llevaron a rezar: “Alma
de Cristo santifícame”, y darse cuenta que es Cristo el que entra en uno para
corregir lo que estaba mal. Uno no está solo cuando es templo del Espíritu
Santo, y por méritos de Él, cambiamos lo que hicimos mal, y vemos que ya todo
en nuestra vida está funcionando con alegría, y sin el tropiezo de nuestro ego,
aquel al que se refiere Jesús cuando nos dijo: “Niégate a ti mismo”.
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